Hola Señor:
Es un lindo jueves para
encontrarnos, el sol brilla esplendoroso y el trinar de las aves nos dice que
el día ha comenzado. Lo mejor de esta mañana mi buen amigo, lo encuentro a tu
lado y es que al verte a ti, y al contemplar el maravilloso día que me has
dado, me ha hecho pensar que la vida es muy hermosa como para dejar que esta se
vaya llenando de temores. Lamentablemente el hombre de hoy, piensa más en la
seguridad que en la felicidad. Recuerdo ahora lo que decía Gabriel Marcel: «el
deseo primordial de millones de hombres no es ya la dicha, sino la seguridad».
Y es cierto: el día de ayer lo pude comprobar en la gente que se acercó a mí.
Creo que hoy, si los hombres y mujeres
tuvieran que elegir entre una vida feliz, pero peligrosa, arriesgada, difícil,
y otra vida más pauca, más vulgar, pero segura y sin miedo a posibles crisis o
altibajos, la mayoría, sin vacilaciones, elegiría esta segunda. Y en cierto
modo esto se entiende. El hombre post-moderno ha sido tantas veces engañado, es
tal la inseguridad en que vivimos, que la gente ha elevado esa seguridad al
primer nivel de todas sus aspiraciones. Esto, por un lado, es muy bueno; pero
creo que jamás debería de convertirse en algo primario de los deseos.
La «seguridad» se ha muy por
encima que: se mira con sospecha toda vida entendida como entrega, como riesgo,
como aventura. Los hombres han comenzado a creer que tener el alma llena de proyectos
o esperanzas es algo tonto. Hasta se ha llegado a decir que «la esperanza debe ir
quedando a un lado, porque es algo para los tontos»; pero si algo me gusta y
les he aprendido a ti y de tu padre José, es la manera como nunca dejaron morir
su Esperanza. San José, fue un hombre que, al contrario de lo que el sentido
común aconseja, siguió sus sueños. Y por eso es que me da tristeza encontrarme
con gente que prefiere un rinconcito abrigado y sin riesgos, en el que no
encontrará grandes ilusiones, pero tampoco grandes peligros que le hagan perder
esa poca que tiene.
Llegados a este punto mi querido
amigo, debo aclarar que no discuto aquí la necesidad que todo hombre tiene de seguridad
en la vida. Lo que sí discuto es esa obsesión con la que la seguridad es
perseguida, esa postura del hombre actual, que preferiría vivir a medias antes
que buscarlo todo con riesgo de tener un fracaso. Y es que el hombre que pone
en el primer término de sus aspiraciones la seguridad ha apostado ya por la
mediocridad, ha dejado que en el tejido de su alma se enquiste esa angustia que
envenenará toda su existencia.
No hay nada más autodestructivo
que el miedo. José María Cabodevilla, en su libro El juego de la oca, ha ironizado sobre todos esos hombres que empezaron
atrancando todas sus puertas para librarse de los ladrones; que después pusieron
telas metálicas en todas las ventanas para huir de los insectos; tuvieron después
pánico de los microbios, capaces de atravesar la retícula más tupida, pero nunca
pudieron librarse de una especie animal mucho más dañina: los monstruos que
dentro de su cabeza crea el propio miedo. Contra el miedo, contra la obsesión
por la seguridad, no hay otro camino que el amor a la vida, que la aceptación
de los riesgos que son inevitables en la aventura de vivir, que la certeza de
preferir equivocarse de vez en cuando, de ser engañado alguna vez. Todo menos
auto-disecarse. Todo menos dejar de vivir por miedo a que vivir sea doloroso.
Tener la certeza de que quien por
un entusiasmo, por una pasión, pierda su vida, perderá menos que quien pierda
esa pasión y ese entusiasmo.



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