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Homilía para el I Domingo de Cuaresma


Gén 9,8-15; Sal 24; 1Pe 3,18-22; Mc 1,12-15

Ciclo B

Los premios a lo maravilloso de la vida, sin ser estridente

Hemos iniciado, con el Miércoles de Ceniza, la Cuaresma, que como sabemos es el tiempo de preparación para la Fiesta más importante de la Iglesia: la Pascua. El evangelio de este día, finaliza con las mismas palabras que hemos escuchado mientras se imponía ceniza sobre nuestra frente: «arrepiente y cree en el Evangelio». Palabras con las que Jesús –según el evangelista Marcos−, inicia su vida pública. Ahora bien, Marcos, coloca a Jesús −antes de iniciar su ministerio de predicación del Reino de Dios− adentrándose en el desierto, en donde nos cuenta que: «se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás». Llegados a este punto, es donde me gustaría que nos detuviéramos a pensar: ¿qué es lo que Jesús espera de nosotros en esta Cuaresma? Para obtener respuesta a esta interrogante, creo que habría que hacerle a Jesús dos cuestiones: ¿Por qué te vas al desierto antes de comenzar con tu predicación? ¿Por qué te dejas tentar?

A la primera pregunta, habría que decir que, en el lenguaje bíblico, el desierto es el lugar por excelencia de discernimiento, formación y maduración en el proyecto de Dios. Jesús es llevado por el Espíritu al desierto, lugar donde Israel aprendió a ser pueblo durante 40 años. El desierto es el lugar donde Dios habla, se hace presente, se le puede escuchar. Es el lugar de silencio, de sobriedad, de penitencia. Lamentablemente, vivimos en una sociedad que se ha olvidado de estos elementos, y tal vez, esa sea la razón por la que hoy nos cuesta escuchar a Dios. El ruido del mundo, la prisa con la que se vive, etc. Son elementos que hacen de nuestra sociedad, sí un desierto, pero en donde no se encuentra la paz y la tranquilidad para sentir o escuchar el suave viento de Dios llegar a nosotros.

Los mismos medios de comunicación, han contribuido con el ruido del mundo. Nos llenan a diario con noticias que siempre tienen su dosis de maldad, y tal vez por ello, el hombre ha llegado a pensar que en el mundo hay más gente que hace el mal, que el bien. Probablemente por ello, cuando salimos a la calle, andamos cuidándonos las espaldas, temiendo que alguien nos dé un zarpazo. El mundo ha dictado lo que es noticia y se ha olvidado de los miles de hombres y mujeres buenos que salen a diario de sus casas a trabajar honrada mente, haciéndolo bien, poniéndole todas las ganas, porque tienen la certeza de que si lo hacen, lograrán ponerle un granito de arena a la construcción de un mundo mejor. El mundo ha dejado de hablar de  gente como Jesús, que se ha ido al desierto para escucharse a sí misma, que ha vuelto de ahí llena de gracia, de ganas de vivir, de deseos de transformar el mundo, que se ha dejado tentar, porque cree que es un absurdo vivir en una burbuja, pero que ha vencido las tentaciones. Esa gente, es de la que deberíamos de hablar, a las que deberíamos de darles los grandes reconocimientos y los grandes premios.

Lo triste es que esos, no son noticia. Sin irnos más lejos, el día de hoy se entregarán los premios Oscar, a lo mejor del cine. El día de mañana los periódicos y noticieros hablarán de ello, hasta se harán programas especiales de ello. Las «personas ilustres» acapararán por unas horas la pantalla de los televisores.

Creo que es necesario, mis queridos hermanos y hermanas, que nos vayamos hoy, con Jesús al desierto −y tal vez lo que voy a decir ahora, a algunos les parecerá herético− que nos dejemos tentar por Satanás. Aquí, Jesús nos responde a la segunda pregunta que arriba le hemos hecho: Jesús es mostrado por Marcos como principio de la humanidad liberada desde Dios, y Satanás, que como signo y causa de la muerte en el mundo. Nos hallamos frente al relato de un nuevo origen. Marcos re-escribe la historia, llevándonos del agua del bautismo a la re-construcción de la humanidad, para decirnos que Jesús está ahí apostando por una opción de vida, dignidad y felicidad humana. Pero Jesús no asume el combate solitario. Está junto con los animales y los ángeles como evocando un nuevo paraíso. El servicio angélico comunica esperanza y porta salvación. Al retomar el «paraíso» para re-iniciar el camino de lo humano, Jesús cuenta con fuerzas naturales y angelicales (la tierra y el cielo) favorables. Jesús se encuentra entre la tentación satánica y el servicio angélico. Es el dilema que permanentemente enfrentaremos. Marcos ha evocado estos poderes como en un espejo para que podamos mirarnos en ellos.

Y volviendo del desierto, seamos capaces de dar una de las mejores medicinas que existen (y que es gratuita y no fabricada por ningún laboratorio): el amor. Ser capaces de amar de tal manera que no nos sintamos merecedores de ningún premio por hacerlo. No olvidemos que amor que se nota no es amor. Y que amor que cuesta esfuerzo tiene más de operación bancaria que de cariño. La gente que ama de verdad es la que lo hace con la misma naturalidad que respira.

Esto es lo que espera de nosotros Jesús esta Cuaresma: seres no egoístas, gente que sepa amar sin querer reflectores, hombres y mujeres capaces de ayudar a los demás, a los niños, a los enfermos. Gente que le demuestre al mundo, que las verdaderas noticias y los verdaderos premios Oscar, o mejor dicho, los premios Jesús, se entregan no al que mejor sabe actuar o producir una película, sino al que mejor sabe vivir su vida.

Alabado sea Jesucristo



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