Ya es sábado, mañana habrá muchos que te aclamen como Rey y Señor. Agiten sus ramos emocionados, y vuelvan a sus hogares con la misma mediocridad de vida que les ha cloroformizado el alma. Eso mismo es lo que le pasaba a Caifás verdad, tantos años pensado que era amigo de Dios, tantos años sirviéndose de Él para «instruir» al pueblo.
Qué fácil es sentirme dueño de una idea de Dios, hasta que descubro que comparándola con la tuya, mi buen amigo, me quedo corto, distante, extrañado, y entonces sales Tú y me dices, anda ven, quédate conmigo esta tarde, hablemos de ti de mí, de Dios.
De qué hablaron Caifás y Tú, aquella tarde Señor, cuéntamelo por favor
Caifás: He querido llamarte antes de que las cosas empeoren del todo. Ahora todavía podemos entendernos, llegar, incluso, a un acuerdo inteligente.
¿Callas? ¿Prefieres que sea yo quien haga mi oferta? Lo haré. No tengo orgullo. Y sé de sobra que un buen diálogo a tiempo evita muertes y complicaciones.
Mira, yo soy un hombre viejo, tan viejo que con frecuencia se me olvidan mis años, y a los viejos nos gustan los arreglos aunque los jóvenes crean que eso es cobardía. Y te diré la verdad: Aunque tú me molestas, no me disgustas. Hay en ti cosas que me recuerdan al Caifás joven que fui. Sólo que estás llegando un poco lejos.
A lo largo de mis treinta años de sumo sacerdote pasaron por mis manos diez o doce docenas de mesías. Cuatro de cada cinco eran pequeños locos que ni sabían lo que estaban haciendo; varios eran farsantes, gentes hambrientas de notoriedad. Algunos eran listos que sabían que no es difícil vivir de los ingenuos, uno o dos disfrazaban sus ideas políticas detrás de sus predicaciones y nos crearon problemas infinitos con el ejército de ocupación romana.
Tú no eres de esos, aunque en algunas cosas lo parezcas. Tú, por de pronto, crees en lo que dices y eso es lo que te hace especialmente peligroso. Pero también eso es lo que hoy podría hacerte de mayor utilidad.
Es cierto, y tú lo sabes, que el pueblo está dormido y que alguien como tú que supiera despertarlo sería un don del cielo para la Sinagoga. Nosotros no podemos darte carta blanca, ni convertirte en emisario nuestro, mas sí podríamos cerrar uno de los dos ojos, sólo con que cambiaras unas pocas palabras en tu predicación.
¿Sigues callando? Seré aún más claro: Nos bastaría con que dejaras tranquilo el día del sábado y que olvidaras esa muletilla de hablar de Dios como si fuera tu padre personal. Eso sólo. No creo que sea mucho pedir.
Por mi parte —y ya entre amigos— te diré que me divierten esos milagros tuyos: esos ciegos curados, esos cojos que andan, incluso esas resurrecciones que dicen que has hecho. Espero que algún día me expliques esos trucos. Hoy me basta que entiendas lo absurdo de tu gesto. ¿Crees que ganas algo con curar a un ciego cuando hay en el país otros diez mil que siguen siéndolo? Le das una alegría a uno y una amargura imborrable a los 9.999 que vivían resignados ya a su ceguera y que ahora recobran una esperanza que no vas a saciar. Cada enfermo que curas, creas diez mil hambrientos. Cada muerto al que concedes unos años de vida se queda como estaba pues sabe que volverá a morir cuando tú ya no estés. ¿Y a eso lo llamas curaciones? Tú engañas a los hombres. Yo les he visto algunas veces desde lejos mientras les predicas y tienen los ojos ardiendo de esperanza, todos ansían la curación. Pero, al llegar la noche, sólo dos o tres han cambiado y los demás se vuelven con su desventura multiplicada porque ahora ya saben que podrían ver y no ven o saben que podrían andar y siguen paralíticos. ¿Eres consciente del daño que les haces?
Jesús: Te equivocas, Caifás. Yo, en realidad, no hago curaciones o no las hago para este mundo. Son simples signos de un mundo en que no habrá ciegos, de un tiempo en el que todos verán. Y eso lo muestra un ciego curado lo mismo que diez mil.
Caifás: Pero ellos están aquí, Jesús. Es aquí donde quieren ver y ese tiempo del que hablas les parece una quimera hermosa. De todos modos, ya te digo que todo eso no me importa. Me parece un camino equivocado y como tal lo digo. Lo único que te pido es que esos famosos signos tuyos no se hagan en sábado. Tienes en la semana seis días para hacerlo. Reservarlo para el sábado ¿no es provocación?
Jesús: No, es simplemente decir que para Dios los lunes y los sábados son igualmente días de amor.
Caifás: Hemos llegado a tu gran palabra. Se diría que ley y amor son cosas contrapuestas.
Jesús: Vuelves a equivocarte, Caifás. No tengo nada contra la ley y he repetido cientos de veces que ella es un gran camino para el amor.
Caifás: ¿Y pones entonces el amor sobre la ley?
Jesús: Yo pongo el amor sobre todo.
Caifás: ¿Incluso sobre Dios?
Jesús: Dios es amor. No está ni debajo ni encima del amor. Es amor, sólo amor.
Caifás: Ahora entiendo por qué llamas a Dios tu padre.
Jesús: Porque lo es.
Caifás: Lo dices, supongo, como una metáfora. Como David lo dice del pueblo de Israel.
Jesús: Lo digo, en el más realista de todos los sentidos. Dios es Padre del hombre, de todo hombre. Pero es Padre mío de un modo muy especial. Yo salí de su entraña. Yo soy su propia entraña.
Caifás: ¡Cállate ya! Estamos entrando en el camino de la blasfemia y ni puedo ni debo escucharte. Ahí ya no podremos jamás entendernos. Ahí sólo la muerte pondrá las cosas en su sitio.
Jesús: Me temo que así es. Mas yo no puedo inventarme otro Dios para darte a ti gusto o para huir las consecuencias.
Caifás: No te llames entonces a engaño si llega lo que llega. Ni me acuses de no haber intentado tratarte como amigo.
Jesús: Lo sé, Caifás. Y siento que a ti vaya a tocarte la peor de las partes: la de asesino de un inocente. Ojalá tu Dios te salve, o, mejor: ojalá encuentres un día al mío para que te perdone.


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