Hola buen amigo:
Este es, por llamarlo de alguna manera, el último jueves que nos vemos así, y no es que el otro no nos vayamos a ver, sino que el otro será un jueves demasiado especial, un jueves, lleno de contrastes, de sentimientos encontrados, de gente que llegará y se irá como ha venido y de corazones que se irán ardiendo en el amor, amor que los llevará a desear encontrarse contigo cada jueves a partir de esta fecha.
Pero sabes, al acercarnos a estos días, que llamamos santos, siempre se me vienen a la cabeza demasiadas cosas, recuerdo como de niño mi mamá −la primera que me enseñó a amarte−, me iba narrando paso a paso todo lo que habías pasado, en casa, se acababa el ruido, no había radio, ni televisor encendido, y el alma, se llenaba de preguntas, preguntas que cada Semana Santa vuelven a mi corazón, tal vez planteadas de manera diferente; pero al fin y al cabo, pregunta que me detienen la vida y me hacen pensar por una semana no sólo en mí, sino en lo que Tú pasaste.
Sabes… cada día me obsesiona más el misterio de tu vida, quiero decir: el misterio de tu personalidad, el de tus dos naturalezas. En la vida todos los cristianos decimos muchas Veces: «Cristo es Dios» o «Dios se ha hecho hombre en Cristo». Y lo decimos tan tranquilos, como si acabásemos de asegurar que «este invierno ha hecho mucho frío» o como si «París es la capital de Francia». Pero eso no estremece nuestro corazón, ni hace resquebrajarse nuestro entendimiento. Lo hemos dicho tantas veces que ya ni lo pensamos. Lo creemos, pero apenas significa gran cosa para nosotros.
Tu vida mi buen amigo Jesús, también fue una vida llena de contrastes, y cada que pienso en esto, me pregunto: ¿qué pudo significar eso de ser hombre y ser Dios al mismo tiempo?
Por eso, en esta semana −que quisiera que iniciara hoy−, buscando que sea muy muy larga, tan extensa que nos alcancen los días para meditar contigo, para meditar de ti. Señor, deseo saber cómo experimentaste cómo hombre, tu conciencia de divinidad; cómo fuiste descubriéndola; sin duda, lo hiciste progresivamente; cómo entendiste tu muerte. Tú, el Dios eterno, ¿qué pensaste de la condición humana? Esa de la que dice la liturgia de estos días: «no se avergonzó»; ¿qué sentías al ver que tus amigos se enamoraban de sus mujeres? ¿Cómo viviste la herida del tiempo? ¿Cómo fuiste aceptando que tú «destino» de redentor, estaba acompañado de dolor y de miedo? ¿Qué pensabas de la belleza de este mundo, que como Dios habías creado? ¿Te arrepentiste alguna vez de haber creado al hombre? ¿Te dolía la muerte de tus semejantes sabiendo que podías impedirla? ¿Qué tanto dolió la muerte de José, tu padre?; ¿Por qué le tenías aquella especie de miedo a los milagros?
Preguntas, preguntas, infinitas preguntas que deseo, pido, quiero, que las abordemos juntos en esto días, busco respuestas Señor, que me hagan descubrirte como el Dios verdaderamente humano, como el humano, verdaderamente Dios. Quiero adentrarme contigo en el misterio de tu vida, tal vez así, pueda entender el misterio de la mía. Algo parecido a lo que decía Rilke: «la cantidad de lo misterioso que el hombre puede soportar». Más allá queda la locura. O el vértigo mental.
Cuando se acercaba la última Pascua Señor, aquella habrías de celebrar en este mundo, de seguro hablaste con algunos de los que en sus horas finales te rodearían. Tu primer diálogo, fue con tu madre. ¿Cómo fue? ¿Me enseñas cómo?
1. Hablan María y Jesús
María: ¿Ocurre algo, hijo?
Jesús: Ocurre que he sentido un ala negra golpeando mi rostro, un látigo de hielo, una caliente bofetada amarga de ceniza. Era cual si, de pronto, faltara un escalón en la escalera y te quedaras colgando sin acabar de caer ni sostenerte, mientras un buitre negro te picotea el alma. ¿Estaba en la antesala de la muerte?
María: Hace ya muchos años, hijo, que yo conozco ese desierto. Ser hombre es presentirlo y ser mujer sentirlo doblemente. Cuando engendras un hijo te crees, por un momento, fabricante de vida, pero los mismos alaridos del parto te dicen que es muerte lo que engendras, que das a luz lo fugitivo y que te salen del vientre trozos de vida y muerte barajados. Todas las madres saben que dan a luz aprendices de muerto. Mas yo creí que, al menos tú, serías distinto. Si nace un Dios ¿por qué ha de ser mortal?
Jesús: No se hace uno hombre a trozos: anonadarse no es bajar del caballo de Dios y seguir siendo un Dios invulnerable. Es hacerse miseria, agachar la cabeza y pasar por los yugos y las grietas en los que el hombre deja su sangre encadenada. Si me gusta ser hombre no es que ignore que su entraña es la muerte. Lo sabía estando ya en tu seno.
María: Yo no, hijo. Esperaba que el hombre entendería y que habría un atajo para salvar sin muerte.
Jesús: Eso no es posible, madre. El mal es duro. Y sólo a golpes de auténtico dolor puede resquebrajarse. No basta simular un combate y decirte: «Mañana resucitaré», como quien traga un vaso de ricino. No. Morir es morirse, sin trampa ni cartón, sin tramoyas teatrales o pensando: «Bebámoslo, mañana vendrá el sol». Hay que entrar en el túnel a contracorazón, creyendo (pero sin saberlo), que hay luz al otro lado.
María: Entonces ¿la fe también es necesaria para ti?
Jesús: También. Sé que entraré en la muerte como un hombre desnudo, que gritaré en la cruz sin saber Quién está al otro lado o sin saber siquiera si hay alguien. Yo no puedo ser un Dios camuflado que engatusa con simulada fe de pacotilla.
María: ¿Por eso tienes miedo?
Jesús: Ser hombre es solamente tener unas pocas certezas, tres o cuatro. O tal vez una sola: la de saberse amado. Saber que, aunque la muerte fuera inútil, alguien nos amará, alguien del cielo o de la tierra.
María: Yo te amaré siempre, hijo.
Jesús: Lo sé, y eso me bastaría para subir tranquilo hasta la cruz. Y sé que Él también me ama; pero ¡qué difícil este Padre que no sabe abrazarte si llegas hasta Él solo!
Gracias Jesús, por dejarme acercar al misterio de tu vida en estos días finales, espero que estos Diálogos, provoquen en quien los lea, un diálogo que no estará marcado con estas letras. El Diálogo que cada uno de nosotros debe mantener con ese Dios-Hombre en quien decimos creer.
Me retiro ahora señor; pero mañana volveré para que me platiques sobre otro Diálogo más. Gracias y Amén.



0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada
Nos interesa saber que piensas, por favor, tómate unos minutos de tu tiempo para dejarnos tu comentario.
¡MUCHAS GRACIAS!