Moniciones para la Misa de la Vigilia Pascual

MONICIÓN DE ENTRADA

Sean todos bienvenidos a esta celebración de la Vigilia Pascual. La fuente, la «madre» de todas las vigilias, de todas las celebraciones del año cristiano. La noche santa en que Jesús ha pasado de la muerte a la vida: ¡Cristo, ha resucitado!

En esta noche todo nos habla del triunfo de Jesús sobre la muerte, todo está lleno de su resurrección. Primero será la luz nueva de la Pascua, después la Palabra de Dios nos irá recordando como Dios se ha hecho presente en nuestra historia; más adelante el agua nos hablará de la vida nueva en el Bautismo, que estos niños recibirán en esta noche, y por último, en esta Eucaristía de Pascua, el pan y el vino, serán consagrados, serán para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesús, el Resucitado.

Comenzamos esta Vigilia Pascual con la Bendición del fuego. De él encendemos el Cirio Pascual, que simboliza a Cristo Resucitado, presente en medio de su Iglesia. Queremos que Cristo sea nuestra luz. Que nuestra fe en él, ilumine nuestra vida. Al recibir la luz del cirio, y pasarla a otros cristianos, queremos hacernos testigos de la Resurrección del Señor, de esta buena noticia de vida y esperanza para todos.

MONICIÓN AL PREGÓN PASCUAL

El pregón pascual que vamos a proclamar ahora, y con el que comenzamos la gran fiesta cristiana de la Pascua, nos invita a descubrir la entrañable misericordia de nuestro Dios que es capaz de transformar el pecado en gracia, la muerte en Resurrección y Vida.

MONICIÓN A LAS LECTURAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Comenzamos ahora la segunda parte de nuestra celebración la Liturgia de la Palabra. Las siguientes lecturas nos recuerdan los momentos claves de la historia de la Salvación, en los que contemplamos cómo actúa Dios con la humanidad. Escucharemos fragmentos del Antiguo Testamento que nos hablarán de la creación del mundo y de la liberación del pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto. Esos textos nos van a describir una constante: el continuado e insistente amor de Dios por sus criaturas, a las que nunca olvidó, ni ha olvidado. Y en el devenir de los siglos, llegados a la plenitud de los tiempos, nos ofreció Dios Padre la salvación definitiva por medio de Dios Hijo –Nuestro Señor Jesús—y con la permanente intervención del Espíritu Santo.

Cabe señalar que cada lectura irá acompañada de un salmo y una oración del sacerdote que preside la celebración. Comencemos:

MONICIÓN AL GLORIA

Ahora que hemos escuchado estas lecturas que nos han recordado algunas de las maravillas hechas por Dios en favor de todos los seres humanos. ¿Cómo no sentir ganas de expresar, con júbilo, nuestro agradecimiento y nuestra alegría a nuestro Dios, siempre fiel y eterno en su amor? Por eso, hoy unimos nuestras voces a las de millones de cristianos en el mundo, que en esta noche de luz y de gozo entonan a una sola voz el Himno del Gloria. Puestos en pie entonemos todos juntos el himno de nuestra alegría.

MONICIÓN A LA EPÍSTOLA (ROMANOS)
San Pablo nos va a recordar que el bautismo nos identifica con Cristo Muerto y Resucitado. Hemos renacido a una vida nueva, y este renacer supone vivir de una manera nueva. Es un canto de alegría y de esperanza, pues sabemos que nuestra vieja personalidad ha dado paso a la vida sin fin, la misma vida de Cristo Resucitado.

MONICIÓN ANTES DEL EVANGELIO

El Señor Jesús ha resucitado y la humanidad se ha renovado por la Redención. Por ellos, y con el gozo de sabernos redimidos, entonemos el canto del Aleluya. Nos ponemos de pie.

MONICIÓN ANTE LA LITURGIA BAUTISMAL

Sepan que desde los primeros tiempos de la Iglesia, este momento era el indicado para el bautismo de los catecúmenos y, antes, para la bendición del agua bendita. Así pues, en la presencia de Jesús Resucitado, la Iglesia se abre a todos y todas para ofrecerles una vida más plena. Nosotros, además, renovaremos nuestras promesas bautismales. Es como una conmemoración individual y comunitaria del bautismo que todos recibimos en su día. El Bautismo se recibe en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y concentramos, en este Momento Trinitario, toda la fuerza de nuestra fe y de nuestro amor.

EXHORTACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
¡NO ESTÁ AQUÍ, HA RESUCITADO!

En aquellos que le buscan y, lejos de cansarse,
lo muestran con su vida y con su testimonio,
lo aceptan y, además, lo pregonan ante la incredulidad de muchos.

Vive, en aquellos que, lejos de confundirlo con un cualquiera,
saben que, Jesús, no es ningún hortelano que se entretiene
en huertos o campos que, escasamente, dan frutos en la vida.

¡No está aquí! ¡Ha resucitado!

En las personas que, como Él, se acercan al pobre.
En las mujeres que, como Él, dan lo mejor de sí mismas.
En los niños que, como Él, saben abrir el corazón.
En los jóvenes que, como Él, brindan sus fuerzas,
ingenio e ideas, tiempo o manos a favor de su Reino

¡No está aquí! ¡Ha resucitado!

Y, porque ha resucitado, nosotros estamos vivos,
llamados a la alegría y al gozo compartido.
A no bajar la guardia y, mucho menos, a caer en el pesimismo.
Y es que, hermanos, tenemos mucho que hacer:
El mundo, necesita recuperar la alegría cristiana,
nada ni nadie, puede empañar la explosión de la Pascua

¡Cristo, ha resucitado y nos da vida!

Cristo, ha vuelto para devolvernos vida y en abundancia.
Cristo, dinamita las losas y las cavernas de la muerte
y, muchos, nos empeñamos en estar sometidos a ella

¡No está aquí! ¡Ha resucitado!

Vamos a buscarlo en la dirección adecuada,
sin detenernos en caminos equivocados
en laberintos que conducen hacia el absurdo o la desesperanza.

A Cristo hay que buscarlo y encontrarlo con la brújula de la fe,
guiados por la esperanza y sostenidos por sus promesas,
viviendo y compartiendo sueños e inquietudes celestiales,
comprometiéndonos en su nombre, aquí y ahora
en las causas que, la humanidad doliente,
es clavada y asaeteada por injusticias y dolores abundantes

Miremos hacia el cielo, asomemos al sepulcro vacío;
pero sabiendo y asombrándonos de que, Cristo
está aquí, vivo, operante y activo en medio
de aquellos que creemos, luchamos y anhelamos su venida definitiva. Amén.