Moniciones para el Segundo Domingo de Adviento

MONICIÓN DE ENTRADA

Sean bienvenidos a la Eucaristía de este Segundo Domingo de Adviento. Van pasando los días de esta espera, llena de esperanza, que nos conduce al nacimiento del Hijo de Dios en Belén. Realmente, hoy es el domingo de Juan Bautista. El apareció, como un ciclón, ante la sociedad judía para anunciar la inmediata llegada del Salvador del pueblo. Pedía, de acuerdo con las profecías del Antiguo Testamento, que se allanaran los caminos y que la gente cambiara. Y eso mismo nos pide a nosotros, porque si el Adviento no nos sirve para cambiar habremos desaprovechado nuestro tiempo.

MONICIÓN A LA PRIMERA LECTURA

Nuestra primera lectura procede del Libro de Baruc y nos da un mensaje de amor para la ciudad de Dios. Jerusalén debe abandonar su vestido de luto y abrirse a la gloria que el Señor envía. Vamos a escuchar un texto muy bello, profecía mesiánica plena de esperanza, de fiesta, de alegría.

MONICIÓN A LA SEGUNDA LECTURA

El texto de nuestra segunda lectura de hoy –sacada de la Carta de Pablo a los Filipenses–, guarda bastante semejanza con el fragmento la Epístola a los Tesalonicenses que escuchábamos el domingo pasado. El apóstol de los gentiles nos recomienda permanecer limpios e irreprochables ante la inminente venida del Señor Jesús.

MONICIÓN A LA TERCERA LECTURA

El Evangelio de Lucas nos va a dar noticia histórica del nacimiento de Juan, el Bautista. Y también del anuncio de la llegada del Mesías. El mismo Juan se hará llamar como la frase pronunciada muchos años antes por el profeta Isaías: la voz que clama en el desierto. Y el mensaje del antiguo profeta es el auténtico pan de acción del Bautista.

EXHORTACIÓN FINAL

TÚ TIENES PROMESAS VERDADERAS

¡Ven, Señor, y no tardes demasiado!
Estamos cansados de tantas promesas falsas
a cada momento nos asaltan dudas,
incertidumbres, fracasos, bofetadas,
traiciones, desencuentros, engaños.

¡Ven, Señor, no te demores!

Pensamos haber atinado el futuro,
y estamos inmersos en constantes fracasos.
Creemos ser portadores de humanidad,
y aniquilamos, una y otra vez,
inocentes y víctimas de nuestro vivir opulento.

¡Ven, Señor, no retrases tu llegada!

Porque, entre otras cosas, sentimos que la tiniebla
se impone con más rapidez que la misma luz,
que los engaños se disparan a más velocidad,
que la verdad que pide y exige el hombre.

¡Ven, Señor, y endereza nuestros caminos!

Haznos buscar un desierto en el que hablarte.
Un desierto en el que encontrarte,
un desierto en el que buscarte,
un desierto en el cual poder escucharte.

¡Ven, Señor, y allana nuestros senderos!

Rebaja nuestro orgullo, para conquistarte con humildad,
alisa nuestra dispersión, para quererte sólo a Ti,
pule nuestro vivir, para que tengas más cabida en él

¡Ven, Señor, y no aplaces tu vuelta!

Entre otras cosas, porque cada día que pasa,
sentimos que el mundo está más herido de muerte,
si Tú le faltas por dentro,
si Tú no le envías tu esperanza y tu aliento

¡Ven, Señor, y acelera tu llegada!