Palabras de Monseñor Romero

Si estamos hablando de estrellas... leer más
Dicen muchas veces "Por qué en tal iglesia, en tal parte, no hay problemas". No puede haber problemas si estamos hablando de las estrellas, hablando de las cosas que no tocan los problemas que ejercitan nuestra paciencia, nuestra fortaleza, nuestro compromiso de hoy en la historia.

Homilía 4 de diciembre de 1977, III, p. 19


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CAPÍTULO 53. CARTA A LOS MARIDOS


EL PADRE VICENTE
DIARIO DE UN CURA DE BARRIO


CAPÍTULO 53. CARTA A LOS MARIDOS
Un mundo organizado por los hombres olvida los derechos de las mujeres


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Homilía para el I Domingo de Cuaresma


Gén 9,8-15; Sal 24; 1Pe 3,18-22; Mc 1,12-15

Ciclo B

Los premios a lo maravilloso de la vida, sin ser estridente

Hemos iniciado, con el Miércoles de Ceniza, la Cuaresma, que como sabemos es el tiempo de preparación para la Fiesta más importante de la Iglesia: la Pascua. El evangelio de este día, finaliza con las mismas palabras que hemos escuchado mientras se imponía ceniza sobre nuestra frente: «arrepiente y cree en el Evangelio». Palabras con las que Jesús –según el evangelista Marcos−, inicia su vida pública. Ahora bien, Marcos, coloca a Jesús −antes de iniciar su ministerio de predicación del Reino de Dios− adentrándose en el desierto, en donde nos cuenta que: «se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás». Llegados a este punto, es donde me gustaría que nos detuviéramos a pensar: ¿qué es lo que Jesús espera de nosotros en esta Cuaresma? Para obtener respuesta a esta interrogante, creo que habría que hacerle a Jesús dos cuestiones: ¿Por qué te vas al desierto antes de comenzar con tu predicación? ¿Por qué te dejas tentar?

A la primera pregunta, habría que decir que, en el lenguaje bíblico, el desierto es el lugar por excelencia de discernimiento, formación y maduración en el proyecto de Dios. Jesús es llevado por el Espíritu al desierto, lugar donde Israel aprendió a ser pueblo durante 40 años. El desierto es el lugar donde Dios habla, se hace presente, se le puede escuchar. Es el lugar de silencio, de sobriedad, de penitencia. Lamentablemente, vivimos en una sociedad que se ha olvidado de estos elementos, y tal vez, esa sea la razón por la que hoy nos cuesta escuchar a Dios. El ruido del mundo, la prisa con la que se vive, etc. Son elementos que hacen de nuestra sociedad, sí un desierto, pero en donde no se encuentra la paz y la tranquilidad para sentir o escuchar el suave viento de Dios llegar a nosotros.

Los mismos medios de comunicación, han contribuido con el ruido del mundo. Nos llenan a diario con noticias que siempre tienen su dosis de maldad, y tal vez por ello, el hombre ha llegado a pensar que en el mundo hay más gente que hace el mal, que el bien. Probablemente por ello, cuando salimos a la calle, andamos cuidándonos las espaldas, temiendo que alguien nos dé un zarpazo. El mundo ha dictado lo que es noticia y se ha olvidado de los miles de hombres y mujeres buenos que salen a diario de sus casas a trabajar honrada mente, haciéndolo bien, poniéndole todas las ganas, porque tienen la certeza de que si lo hacen, lograrán ponerle un granito de arena a la construcción de un mundo mejor. El mundo ha dejado de hablar de  gente como Jesús, que se ha ido al desierto para escucharse a sí misma, que ha vuelto de ahí llena de gracia, de ganas de vivir, de deseos de transformar el mundo, que se ha dejado tentar, porque cree que es un absurdo vivir en una burbuja, pero que ha vencido las tentaciones. Esa gente, es de la que deberíamos de hablar, a las que deberíamos de darles los grandes reconocimientos y los grandes premios.

Lo triste es que esos, no son noticia. Sin irnos más lejos, el día de hoy se entregarán los premios Oscar, a lo mejor del cine. El día de mañana los periódicos y noticieros hablarán de ello, hasta se harán programas especiales de ello. Las «personas ilustres» acapararán por unas horas la pantalla de los televisores.

Creo que es necesario, mis queridos hermanos y hermanas, que nos vayamos hoy, con Jesús al desierto −y tal vez lo que voy a decir ahora, a algunos les parecerá herético− que nos dejemos tentar por Satanás. Aquí, Jesús nos responde a la segunda pregunta que arriba le hemos hecho: Jesús es mostrado por Marcos como principio de la humanidad liberada desde Dios, y Satanás, que como signo y causa de la muerte en el mundo. Nos hallamos frente al relato de un nuevo origen. Marcos re-escribe la historia, llevándonos del agua del bautismo a la re-construcción de la humanidad, para decirnos que Jesús está ahí apostando por una opción de vida, dignidad y felicidad humana. Pero Jesús no asume el combate solitario. Está junto con los animales y los ángeles como evocando un nuevo paraíso. El servicio angélico comunica esperanza y porta salvación. Al retomar el «paraíso» para re-iniciar el camino de lo humano, Jesús cuenta con fuerzas naturales y angelicales (la tierra y el cielo) favorables. Jesús se encuentra entre la tentación satánica y el servicio angélico. Es el dilema que permanentemente enfrentaremos. Marcos ha evocado estos poderes como en un espejo para que podamos mirarnos en ellos.

Y volviendo del desierto, seamos capaces de dar una de las mejores medicinas que existen (y que es gratuita y no fabricada por ningún laboratorio): el amor. Ser capaces de amar de tal manera que no nos sintamos merecedores de ningún premio por hacerlo. No olvidemos que amor que se nota no es amor. Y que amor que cuesta esfuerzo tiene más de operación bancaria que de cariño. La gente que ama de verdad es la que lo hace con la misma naturalidad que respira.

Esto es lo que espera de nosotros Jesús esta Cuaresma: seres no egoístas, gente que sepa amar sin querer reflectores, hombres y mujeres capaces de ayudar a los demás, a los niños, a los enfermos. Gente que le demuestre al mundo, que las verdaderas noticias y los verdaderos premios Oscar, o mejor dicho, los premios Jesús, se entregan no al que mejor sabe actuar o producir una película, sino al que mejor sabe vivir su vida.

Alabado sea Jesucristo



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¿Vivir con seguridad?


Hola Señor:

Es un lindo jueves para encontrarnos, el sol brilla esplendoroso y el trinar de las aves nos dice que el día ha comenzado. Lo mejor de esta mañana mi buen amigo, lo encuentro a tu lado y es que al verte a ti, y al contemplar el maravilloso día que me has dado, me ha hecho pensar que la vida es muy hermosa como para dejar que esta se vaya llenando de temores. Lamentablemente el hombre de hoy, piensa más en la seguridad que en la felicidad. Recuerdo ahora lo que decía Gabriel Marcel: «el deseo primordial de millones de hombres no es ya la dicha, sino la seguridad». Y es cierto: el día de ayer lo pude comprobar en la gente que se acercó a mí.

Creo que hoy, si los hombres y mujeres tuvieran que elegir entre una vida feliz, pero peligrosa, arriesgada, difícil, y otra vida más pauca, más vulgar, pero segura y sin miedo a posibles crisis o altibajos, la mayoría, sin vacilaciones, elegiría esta segunda. Y en cierto modo esto se entiende. El hombre post-moderno ha sido tantas veces engañado, es tal la inseguridad en que vivimos, que la gente ha elevado esa seguridad al primer nivel de todas sus aspiraciones. Esto, por un lado, es muy bueno; pero creo que jamás debería de convertirse en algo primario de los deseos.

La «seguridad» se ha muy por encima que: se mira con sospecha toda vida entendida como entrega, como riesgo, como aventura. Los hombres han comenzado a creer que tener el alma llena de proyectos o esperanzas es algo tonto. Hasta se ha llegado a decir que «la esperanza debe ir quedando a un lado, porque es algo para los tontos»; pero si algo me gusta y les he aprendido a ti y de tu padre José, es la manera como nunca dejaron morir su Esperanza. San José, fue un hombre que, al contrario de lo que el sentido común aconseja, siguió sus sueños. Y por eso es que me da tristeza encontrarme con gente que prefiere un rinconcito abrigado y sin riesgos, en el que no encontrará grandes ilusiones, pero tampoco grandes peligros que le hagan perder esa poca que tiene.

Llegados a este punto mi querido amigo, debo aclarar que no discuto aquí la necesidad que todo hombre tiene de seguridad en la vida. Lo que sí discuto es esa obsesión con la que la seguridad es perseguida, esa postura del hombre actual, que preferiría vivir a medias antes que buscarlo todo con riesgo de tener un fracaso. Y es que el hombre que pone en el primer término de sus aspiraciones la seguridad ha apostado ya por la mediocridad, ha dejado que en el tejido de su alma se enquiste esa angustia que envenenará toda su existencia.

No hay nada más autodestructivo que el miedo. José María Cabodevilla, en su libro El juego de la oca, ha ironizado sobre todos esos hombres que empezaron atrancando todas sus puertas para librarse de los ladrones; que después pusieron telas metálicas en todas las ventanas para huir de los insectos; tuvieron después pánico de los microbios, capaces de atravesar la retícula más tupida, pero nunca pudieron librarse de una especie animal mucho más dañina: los monstruos que dentro de su cabeza crea el propio miedo. Contra el miedo, contra la obsesión por la seguridad, no hay otro camino que el amor a la vida, que la aceptación de los riesgos que son inevitables en la aventura de vivir, que la certeza de preferir equivocarse de vez en cuando, de ser engañado alguna vez. Todo menos auto-disecarse. Todo menos dejar de vivir por miedo a que vivir sea doloroso.

Tener la certeza de que quien por un entusiasmo, por una pasión, pierda su vida, perderá menos que quien pierda esa pasión y ese entusiasmo.


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CAPÍTULO 52. EL MISIONERO

EL PADRE VICENTE
DIARIO DE UN CURA DE BARRIO


CAPÍTULO 52. EL MISIONERO
¿Cuáles son hoy los países de misión?



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